
Érase una vez un rey muy querido cuyo castillo se erguía sobre una alta colina y dominaba sus tierras. Era tan popular que los habitantes del pueblo vecino le enviaban regalos a diario y se festejaba su aniversario en todo el reino. La gente le quería por su sabiduría y la rectitud de sus juicios.
Un día una tragedia sacudió a la ciudad. La reserva de agua se contamino y todos los habitantes, hombres, mujeres y niños, se volvieron locos. Solamente el rey, que tenía su propia fuente, se libro.
Poco después de la tragedia, el pueblo loco de la ciudad se puso a hablar de las actitudes “raras” del rey, de la mediocridad de sus juicios y de su falta de sabiduría. Algunos incluso llegaron a decir que el rey se había vuelto loco. No tardo en perder su popularidad. Ya nadie le enviaba regalos, ni festejada el día de su aniversario.
El rey, solo en su alta colina, estaba privado de toda compañía. Un día decidió abandonar la colina y hacer una visita a la ciudad. Hacia calor aquel día y debió de la fuente.
Aquella misma tarde hubo una gran fiesta. Todo el pueblo estaba dichoso puesto que su queridísimo rey se había “curado de su locura”.
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